Tocqueville, crónica de nuestro presente
Autor: Soledad Castillo Jara es politóloga, magíster en Estudios Latinoamericanos por la Universidad de Salamanca y se desempeña como Human Respect Events Associate en Students for Liberty. Desde 2019 enseña Teoría Política y Teoría de las Relaciones Internacionales, y diseñó un curso sobre los desafíos del orden internacional liberal. Participó en el XXIII Programa de Líderes Iberoamericanos de la Fundación FAES. Es Hazlitt Fellow de la Foundation for Economic Education (FEE) y colabora con FIL Futuro, la rama juvenil de la Fundación Internacional para la Libertad, fundada por Mario Vargas Llosa.
Reseña de Alexis de Tocqueville. Un liberal único, de Eduardo Nolla (Fundación FAES, 2026)
Hay advertencias que tardan siglos en volverse legibles. Cuando Alexis de Tocqueville (París, 1805 – Cannes, 1859) describió el modo en que la libertad podía apagarse dentro de una democracia, su análisis parecía un ejercicio de imaginación pesimista. Hoy se lee como una crónica del presente. Aquel joven que cruzó el Atlántico para estudiar el sistema penitenciario estadounidense regresó habiendo comprendido profundamente la libertad, y habiendo intuido el peligro de que un país democrático pudiera dejar de ser libre. Volver a él en la actualidad no es nostalgia. Es un examen de conciencia necesario para todos quienes, en ambas orillas del Atlántico, nos reconocemos herederos de la tradición liberal.
A este examen nos invita el libro Alexis de Tocqueville. Un liberal único, de Eduardo Nolla, catedrático de Teoría Política y responsable de la primera edición crítica de La democracia en América. Es un texto de gran calidad y minuciosamente documentado, que esclarece aspectos de la biografía que habían quedado en la penumbra. Su mayor virtud es el método: construido sobre cartas, apuntes y documentos de la época, no solo nos dice qué pensó Tocqueville, sino cómo se fue formando ese pensamiento y qué nos deja para hoy. Nos muestra, primero, a un liberal con características singulares; después, al hombre detrás del clásico, cuya vida tiene la intensidad de un libreto de ópera; y, por último, a un pensador cuyas advertencias parecen escritas para nuestro presente. Esta es una biografía intelectual rigurosa que nunca olvida que su protagonista vivió, dudó, enfermó y amó.
Un liberal de una nueva especie
El subtítulo no es invención del biógrafo. Tocqueville se definió en una carta de 1836 como “un liberal de una nueva especie”, consciente de inscribirse en el liberalismo clásico, pero con particularidades relevantes. Nolla no encierra esa singularidad en una fórmula o lista cerrada de características, sino que la deja emerger naturalmente para que el lector la descubra a lo largo de toda la obra.
Un primer rasgo distintivo es haber sido precursor del estudio de la cultura política. Su mirada se posa en las costumbres, los hábitos y la opinión pública antes que en los diseños institucionales. En La democracia en América atribuye la libertad de aquella república no tanto a su Constitución como a la vida asociativa, al vigor de los municipios y a una religión que, lejos de imponerse, nutre los hábitos cívicos. Esa primacía de las costumbres recorre también El Antiguo Régimen y la Revolución, donde sostiene que la verdadera revolución, la social, ya había ocurrido, y que la violencia fue el resultado de unas élites incapaces de impulsar reformas a tiempo. Explica también su amarga profecía tras el golpe de Napoleón III: aquel régimen duraría porque la ciudadanía francesa, resignada y replegada en lo privado, estaba dispuesta a aceptar el autoritarismo a cambio de bienestar material, tal como lo hizo incluso su familia. La carta a su hermano Édouard, donde la convicción política se entrevera con el dolor por el distanciamiento entre ambos, figura entre las páginas más conmovedoras del libro.
Un segundo punto que lo singulariza es su manera de pensar la relación entre lo privado y lo público. Consideraba la propiedad privada como condición necesaria para la libertad y encontraba legítima la búsqueda de riqueza; pero no admitía que dicha búsqueda opacara las responsabilidades cívicas. Valoraba profundamente la vida asociativa, nacida de la cooperación voluntaria, porque es allí donde se aprende a ser un ciudadano libre y responsable. No pedía que la nación viviera inmersa en polémicas continuas, pero sí que sus compatriotas se interesaran por el devenir del país, que tuvieran opiniones firmes y vigilaran al poder. Hay en ello una virtuosa mezcla de liberalismo y republicanismo que lo distingue de quienes prefieren ver la esfera pública como opcional o secundaria frente a la esfera privada.
Un tercer aspecto es su postura frente a la cuestión social, quizá el más espinoso, pues toca el dilema de hasta dónde puede, o debe, recortarse el Estado. Tocqueville no lo resuelve, pero ofrece una pista: la mayor tarea de un buen gobierno es enseñar poco a poco a los pueblos a prescindir de él, y para ello hace falta una ciudadanía cuyas luces le permitan ver lo que le conviene y cuyas pasiones no le impidan buscarlo por sí misma. Sin esos hábitos, el Estado mínimo es una quimera. Ante la pobreza, admitía un papel para el poder público, sobre todo a nivel local, pero prefería apoyarse en las asociaciones para que el pobre superara esa condición sin volverse dependiente. Su preocupación de fondo fue la tensión entre igualdad y libertad. Defendía la igualdad ante la ley y, más allá de ella, la de considerar iguales a todos los ciudadanos sea cual sea su origen, sin prejuicios de raza ni de cuna. Lo que no admitía era imponer la igualdad material, que acaba en un Estado todopoderoso, asfixiante del libre desarrollo de las personas.
El hombre detrás del clásico
El encanto del libro está también en los aspectos personales que nos dejan ver al hombre detrás del autor clásico. Uno de ellos es la amistad. La que unió a Tocqueville con Gustave de Beaumont fue a la vez complicidad intelectual y compañía de vida. Del viaje americano que emprendieron juntos nacieron tanto La democracia en América como Marie, la novela en que Beaumont denunció el prejuicio racial y la esclavitud en Estados Unidos. Los tres volúmenes de su correspondencia conservan proyectos compartidos, confidencias sobre la marcha de sus obras y también sus distanciamientos, una imagen muy real de la amistad. Beaumont lo cuidó cuando enfermaba en sus viajes, estuvo a su lado en sus últimos días y, tras su fallecimiento, preparó la primera edición de sus obras completas con la ayuda de su viuda. Hoy, en tiempos que ensalzan la autosuficiencia, esa fidelidad es también una lección de vida.
Otro tema apasionante es su paso por la política. En sus Souvenirs, las memorias que escribió al final de su vida sin pensar en publicarlas, se retrata como actor y narrador de su tiempo. Tras una primera campaña fallida llegó al parlamento, e incluso fue brevemente ministro de Asuntos Exteriores, pero se sintió a menudo aislado y demasiado independiente para integrar las coaliciones de turno. El libro deja ver el costo personal de sostener principios sin plegarse a un partido. Una curiosidad que el libro no recoge, pero que invita a ahondar a quien le interese la historia del liberalismo del siglo XIX, es que en la Asamblea coincidió con Frédéric Bastiat. Ambos ponían la libertad por encima de los partidos, aunque diferían en la doctrina económica –para Bastiat el impuesto podía ser un robo legalizado, una severidad que Tocqueville no compartía– y también en la pluma, satírica y económica la de uno, histórica y sociológica la del otro.
Dos hilos más íntimos completan el retrato. Uno es Inglaterra, que llegó a sentir como su segunda patria intelectual. En 1833, acaso para conocer mejor el país de su futura esposa, Marie Mottley, o para contrastar Estados Unidos con su antigua metrópoli, viajó allí y observó sus instituciones de cerca. Asistió a un debate parlamentario, a un mitin y a una elección, atraído por la vida social y política antes que por los aspectos técnicos de la industrialización. Cerca del final de su vida volvería a Inglaterra, donde se sentía más estimado que en su propia Francia. El otro hilo es la creencia en Dios. El libro rastrea su relación con el clero y con la religión, desde las dudas de juventud hasta los sacramentos finales, sin pretender resolver si al final volvió a creer. Esa honestidad es uno de sus aciertos y deja una pregunta que merecería un estudio aparte, pues en las cartas de sus últimos meses, señala Nolla, abundan las referencias a Dios.
Finalmente, su actitud ante la vida merece una gran admiración. Nolla describe con deleite su método de trabajo: notas de viaje sociológicas, atención a las relaciones de causa y efecto, y una disciplina intelectual mantenida a pesar del desánimo y la enfermedad. Pero todo ello fue más que un método académico. Fue una forma de habitar el mundo que mantuvo hasta el final. Su vida fue breve, pero la curiosidad no lo abandonó: en sus últimos días seguía interesándose por lo que ocurría en China, Egipto, Turquía o Rusia. El mismo día de su muerte leía la Historia del Consulado y el Imperio de Thiers. Sin restar nada a la dimensión dolorosa de su muerte, resulta difícil no reconocer la entereza con que enfrentó el final. Frente a la imagen habitual de la muerte como ocaso y tragedia, esas páginas son el testimonio de una vocación sólida y de un amor por la libertad sostenido hasta el último aliento.
Advertencias para el presente
El libro no se propone hablar de nuestro tiempo, pero permite hilarlo con el suyo. De sus páginas se desprenden advertencias que el lector de hoy reconoce de inmediato, y el primer interpelado es Estados Unidos, que celebra los 250 años de su independencia. Allí vio Tocqueville cómo un pueblo se gobernaba a sí mismo, sostenido por los municipios, una densa vida asociativa y una religión que, apartada del poder, alimentaba las costumbres sin mandar sobre ellas. Buena parte de esa fuerza sigue viva. Según Giving USA, en 2025 las donaciones privadas superaron por primera vez los 600.000 millones de dólares, expresión de una cultura del mecenazgo que en América Latina apenas asoma. Pero también hay un aspecto sombrío: la religión, en su versión más conservadora, puede volverse iliberal, tal como muestran las casi 23.000 retiradas de libros de escuelas públicas desde 2021 que documenta PEN America, centradas sobre todo en temas de raza o sexualidad. Esto no es un reproche contra un partido o un sector de la sociedad, sino un recordatorio de que la libertad no siempre se apaga por un tirano estruendoso; a veces lo hace mediante la suma de pequeñas acciones cotidianas que van menguando la libertad de los ciudadanos.
Esa advertencia resuena también en América Latina, que no ha carecido de constituciones admirables sobre el papel, pero ha aprendido a su costa que las costumbres pesan más que los diseños. De ahí su desconfianza del maximalismo constitucional. Tocqueville se opuso a inscribir en la constitución de 1848 los derechos a la instrucción, al trabajo y a la asistencia pública, no porque despreciara esos fines, sino porque juzgaba peligrosa una fórmula imprecisa, casi ilimitada y sin deberes que la equilibraran. Quien haya seguido los recientes ensayos constitucionales de la región, como el proyecto chileno de extensos catálogos de derechos, reconocerá la vigencia de este reparo, así como su temor a las revoluciones que se encadenan sin llegar a producir una libertad estable. Y su temor a las revoluciones que se encadenan sin producir una libertad estable halla su ejemplo más doloroso en Venezuela, donde una refundación que prometía igualdad terminó en ese Estado todopoderoso y asfixiante que él advirtió, con su saldo de libertades suprimidas y millones de personas forzadas a emigrar.
En Europa el peligro es más sutil, pero no menos real. En una carta de 1838 a su hermano Édouard, Tocqueville anticipaba un continente donde la fuerza del Estado crece y la del individuo mengua. Casi dos siglos después, el informe Draghi de 2024 mide el precio de esa deriva: mientras Estados Unidos siguió creciendo, la renta por habitante de la eurozona ha caído de cerca del 85 % de la estadounidense a poco más del 78 %, y más de un tercio de las jóvenes empresas europeas más prometedoras acaban emigrando. Pero el rezago no es solo económico; lo sostiene una cultura que acepta por comodidad la tutela del Estado. A la centralización se suma entonces el paternalismo de un Estado que, invocando buenas intenciones, termina por infantilizar al ciudadano e insiste en decidir por él. Frente a ese horizonte, la tarea es invertir lo que él temía: una Europa que confíe en sus ciudadanos y sus asociaciones antes que en sus reguladores, porque ninguna norma ha encendido jamás la iniciativa que tantas apagan.
Al cerrar el libro queda la sensación de haber asistido a una vida con la intensidad de esa ópera anunciada al comienzo, en la que los ideales, las pasiones y hasta el último acto siguen resonando fuera del teatro. Porque las historias del pasado, cuando se las lee bien, son también las de nuestro presente. Lo que Tocqueville temió y amó nos sigue interpelando a ambas orillas del Atlántico. Nolla nos devuelve a un hombre que confesó no tener más que una pasión, “el amor de la libertad y de la dignidad humana”, y nos recuerda que esa libertad, como la música, no se posee de manera permanente, sino que solo se sostiene mientras alguien se atreve a interpretarla. Cada persona es ese intérprete, dueña de su propia voz, y la pieza alcanza su plenitud cuando muchas se animan a tocarla juntas. De esa cooperación voluntaria, como en una orquesta, surge algo capaz de brillar y conmover. La libertad no se hereda ni se administra. O la interpretamos entre todos, o se apaga.
