Ser yo será la diferencia: Una luz vence a la noche
Autor: Eduardo Aguilar, fundador de Libertad Pública, también escribe para el Centro para el Análisis de las Decisiones Públicas CADEP, la Hora, Frente Ciudadano Contra la Corrupción. Coordina diferentes organizaciones pro libertad en la región latinoamericana.
La tragedia del ego ausente
Es demasiado común, en la época de la ausencia del ego, que las personas se recreen a sí mismas como un ente vacío que, de una u otra manera, se debe componer por las características condicionales externas ofrecidas por grupos tribales, como una maquila de características identitarias que prometen llenarles y desarrollar una suerte de seguridad existencial ante lo incomprensible, lo desconocido, o lo que en el pasado se denominaría como el caos, y que les prometen sustituir por una suerte de determinismo ofrecida por un poder superior.
Tal condición puede verse como la tragedia del primer cuarto del siglo XXI: una epidemia de gentes con la incapacidad de conquistarse a sí mismas, de amarse intensamente por su elección, desprovistas de su naturaleza y del pensamiento crítico individualista; o, peor aún, una época en la cual las personas ya se encuentran ausentes de sí mismas, del yo, por el miedo a la insignificancia frente a la espléndida inmensidad.
Desprovistos de un «yo» definido y concreto, pero potencial, que les permita sustentar la aceptación de su existencia en condiciones naturales y caminar orgullosos de sí, por el entendimiento del esfuerzo que requiere el sostenerse en pie por la voluntad propia a pesar de la adversidad que la existencia ofrece; o, a pesar del delirio de terceros arrogantes que buscan, a través de la palabra, la conspiración o incluso por la ley, imponer un actuar, unos objetivos de vida, unas causas superiores por el objetivo del desarrollo, que normalmente fueron incapaces de imponerse a sí mismos.
El fantasma del colectivismo
Hablo de gentes anestesiadas que se encuentran ausentes de la admiración y la pasión por la virtud de persistir en la búsqueda de los sueños propios y la felicidad, incluso ante la oposición y la crítica del tercero. Hablo del fantasma del pasado que hizo de personas altamente formadas unos muertos en vida que, contagiados por la supremacía del nosotros, hace tan solo cien años atrás, en Europa o Asia, tentó a sus pueblos para preferir acatar toda orden, renunciar a su capacidad de valoración, negar su don natural de albedrío, antes que ser habitantes del noveno círculo por traicionarse a sí mismos, a cambio del placebo de saberse cómodos en delegar su humanidad a un líder supremo.
Renunciar a ser su propio yo para evitar los miedos y ser un nosotros sin responsabilidad alguna, por el idilio de lo aceptado, y perpetrar la locura misma contra la vida, que se arrodilla ante la condena eterna de la obediencia absoluta.
Es el relato de la tragedia del pasado anunciada para nuestro presente por los últimos guardianes de antaño, la que desborda en este momento, una que desarticula toda capacidad del deseo personal, destruyendo el alimento de los sueños y pasiones. Para que cada cual no sea impulsado a crear por las propias fuerzas, y para que el deseo propio de un futuro lleno de las maravillas posibles para sí mismo desaparezca de los hombres.
Ha sido tantas veces la desgracia destructiva de invocar al poder para promover la abulia sobre la belleza de la curiosidad, el asombro y la creación ajena, que lo que nos queda de la historia descubierta nos hace saber que nos condenó a vagar al borde de la nada y en la noche del saber, durante demasiadas noches, en demasiadas eras y en cada rincón del planeta que habitamos. Es una tragedia que resurge cada vez que es olvidada.
Las pequeñas luminarias que resisten
Pero aun así, en nuestro presente, lo que parece ser el ingreso promovido y deseado por el aquelarre de idólatras del poder a esta larga noche sobre el saber, pequeñas luminarias con el deseo de arder como obsequio de Prometeo se hacen visibles. No por el deseo de encarnar a un titán, sino por la naturaleza simple y sencilla de su conciencia, que les ha sido legada en forma de libertad por el sacrificio de su linaje y en la honra de su sangre; es que hoy resisten como un templo inexpugnable de voluntad, incluso sin ser conscientes de ello, e iluminarán las vidas y comunidades con su diferencia. Aún bajo la amenaza de los esbirros observadores del algoritmo, subsistiendo incluso contra los hechiceros de masas que resignifican la palabra a placer, conjurando a la envidia a conveniencia para adormecer y confrontar; o la amenaza misma del desdén de no hacer lo que la sagrada mayoría desea por el hilo de sus titiriteros, o por el impulso simbólico que un arquetipo prehumano les ha incitado desde siempre para crear formas de adorar becerros dorados y complacer su creencia en el poder.
Seguirán existiendo siempre, porque en la oscuridad y la angustia se encuentra el último don de Pandora. Los héroes sin nombre que abrazan la diferencia y asumen el reto de lo inteligible para declararse amos de su destino por condición propia, y en propiedad responsables de sus actos, encarnarán el regreso del yo como expresión de sus propias convicciones, incluso si cien años de oscuridad tribal regresaran. Son la semilla que germinará mientras el festín de los seres de la noche se abre, disfrutando ciegamente del placer de las atrocidades bárbaras que defienden en nombre del nosotros, mientras invierten el sentido de lo justo, hasta que sean engullidos por el mismo poder que alimentan.
El yo como acto de resistencia
Estos incomprendidos con luz propia persistirán, porque aman el trabajo duro que asumen en el ostracismo que surge de su disidencia como requisito que describe su esfuerzo a través de lo bien ganado; porque han razonado el compromiso de cada cual. Pues han aprendido a disfrutar en la adversidad el egoísmo necesario para ser quienes desean ser, sin renunciar a su conciencia, incluso con un mundo en contra. Siglos dan testimonio de cómo han sido capaces de abrazar su soledad, ser lapidados, ahorcados, quemados, perseguidos, desterrados, encarcelados, esclavizados, torturados y, aun así, encontrar paz en su voluntad.
Es en esta variable de brillos inesperados, a pesar del peso de la carga, que la posibilidad de restaurar la condición libre a las gentes por catalaxia levanta un muro de lo incomprensible para esos que pretenden imponer por medio de tinta, papel, algoritmo, pantalla y dominación: el alejarnos de nuestra naturaleza, el colocar grilletes en los cuellos y marcar en las frentes a quienes no encajen en su idilio. En el nombre de la bondad sagrada del absolutismo del nosotros, decidir ser uno mismo, abrazando el yo, marca la diferencia y permite que la Esperanza salga de la caja. Pues la belleza contagiosa de la fascinación por explorar desde la propia esencia, a través de los ojos y el sentir único dado por la condición natural de creador imperfecto, es algo de lo que aún no pueden despojarte, a menos que decidas traicionarte para ser nosotros y nunca elegir ser yo, apagando la luz que vence a la noche.
