En defensa de la apropiación cultural
Autor: March Reyes, Coordinadora Nacional de Eslibertad Guatemala y Directora de Operaciones de Libertad Pública.
«Una cultura que no intercambia, es una cultura que se estanca»
La apropiación cultural como herramienta de control
Por años, la herramienta discursiva de los promotores del globalismo para compartimentar la creatividad humana ha sido la apropiación cultural, bajo los discursos de protección de los pueblos y de las minorías. Esto que se disfraza de respeto ha ocultado que esta etiqueta despectiva no es, en realidad, otra cosa que el motor de la civilización a través del intercambio voluntario.
¿Por qué? ¿Qué es la cultura sino el proceso complejo de rasgos que comparte un grupo social, como el modo de vida, las costumbres, las creencias, los valores, las tradiciones, el arte y el conocimiento en sí mismo? La cultura no es estática, ni tampoco innata, sino que es adquirida, intercambiada y compartida.
Ya nos lo advertía Hayek en su libro La Fatal Arrogancia: «…todo parece indicar que cuantas comunidades se han incorporado a la civilización parecen haberlo hecho sobre la base de su capacidad de aprender ciertas formas de comportamiento de carácter tradicional. Por todo ello, parece poco probable que la civilización o la cultura sean algo que pueda forjarse o transmitirse genéticamente.» (F. Hayek, 1988). Entonces la cultura no es un producto diseñado por burócratas, ni tampoco propiedad de un grupo étnico, sino que, por el contrario, es el resultado del orden espontáneo. En otras palabras, es un flujo de conocimientos, tradiciones y símbolos cuya supervivencia es resultado de su utilidad por ser significativos para los individuos. La cultura es, entonces, en esencia, un proceso de descubrimiento, como aseguró Alberto Benegas Lynch: «La cultura no pertenece a tal o cual latitud, es el resultado de innumerables aportes individuales en el contexto de un proceso evolutivo que no tiene término. Aludir a la ‘cultura nacional’ es tan desatinado como referirse a la matemática asiática o a la física holandesa. La cultura no es de un lugar y mucho menos se puede atribuir a un ente colectivo imaginario.» (Lynch, 1995).
Globalización vs. globalismo: dos lógicas opuestas
Las implicaciones de la cultura en los procesos de globalización y globalismo son diametralmente distintas. Por un lado, la globalización, entendida como el resultado natural del libre comercio y la libertad de movimiento, es el proceso por el cual el sushi llega a Buenos Aires, el tango a Tokio y el anime a Nueva York, porque la cultura no se impone sino que se ofrece. Por ello no es correcto acusar de «apropiación o robo» cuando, por ejemplo, un europeo reproduce patrones textiles andinos, porque ese intercambio es la extensión de la acción humana; al apropiarnos de otras culturas estamos reconociendo su valor y permitiendo que la división del trabajo intelectual y artístico alcance todo su potencial. Por otro lado, de forma opuesta, el globalismo es un proyecto impulsado por transnacionales y élites políticas que puede entenderse como la aspiración hacia una gobernanza global o instituciones supranacionales que tomen las decisiones —en palabras simples: un gobierno mundial—. Además, los promotores del globalismo utilizan el término «apropiación cultural» como una herramienta para atribuirse autoridad y dictaminar quién tiene permiso de usar qué, pues buscan estandarizar valores, leyes y comportamientos a través de tratados, leyes, burocracias y gobiernos centrales, porque el objetivo es forzar la homogeneidad mediante subsidios, regulaciones y presión diplomática. Podemos resumirlo así: la cultura en la globalización es el resultado de la cooperación voluntaria, mientras que el globalismo busca controlar la cultura a través de ingeniería social centralizada.
La globalización de la cultura no implica su destrucción, sino que abre la puerta para que cada individuo pueda elegir qué elementos culturales desea integrar en su vida, permite que las culturas locales encuentren nichos globales que les permitan prosperar, y esta mezcla de ideas crea nuevas formas de arte, pensamiento y gastronomía. Sin la globalización de la cultura no conoceríamos los tacos al pastor, resultado de la mezcla entre el Líbano y México (Lira, 2026), porque si se hubiera asegurado que los libaneses eran los dueños exclusivos de cocinar en un trompo vertical, ese proteccionismo habría sofocado la innovación mexicana.
El conocimiento disperso y la cultura espontánea
Hayek, en su ensayo The Use of Knowledge in Society, niega la capacidad del planificador y explica cómo el conocimiento está disperso entre la sociedad; y aunque no aborda el tema de la cultura planificada, sus argumentos son extrapolables para explicar por qué una cultura dictada por un comité sería ineficiente comparada con los éxitos históricos producidos por los intercambios voluntarios de la cultura (F. Hayek, 1945). Plantear la apropiación cultural como algo dañino es un error porque parte de la premisa falsa de asumir que el intercambio cultural es un juego de suma cero, cuando no lo es. Al contrario, la cultura occidental es una mezcla de elementos culturales de diversos orígenes: un mosaico de matemáticas árabes, filosofía griega, derecho romano y ética judeocristiana.
También Mises, en su libro Liberalismo, planteó al liberalismo como humanista y al liberal como cosmopolita del mundo, al defender la idea de un mundo sin fronteras comerciales, y se amparó en la división internacional del trabajo para desarrollar su argumento antibélico: «La división del trabajo, desde hace ya tiempo, desbordó las fronteras nacionales. No hay país civilizado que autárquicamente provea a las necesidades de sus habitantes.» También estableció las consecuencias que sufriría una nación si decidiera excluirse del comercio económico mundial y atender sus necesidades exclusivamente a través del mercado nacional: aseguró que la productividad del trabajo descendería y se reduciría el bienestar, el nivel vital y cultural de toda la nación de modo impresionante. Estableció que «Solo el desarrollo de la división internacional del trabajo puede engendrar los bienes necesarios para elevar el nivel de vida material y, por ende, el cultural», y creía firmemente que solo las leyes de la cooperación social y la interdependencia humana reforzarían los lazos entre todas las gentes, desarrollando el bienestar progresivo, y alcanzarían la civilización y la cultura hasta cimas insospechables (Mises, 1927).
Lecciones históricas del aislamiento cultural
Prueba de estas afirmaciones es el período histórico de más de dos siglos que atravesó Japón, llamado SAKOKU (que significa «país encadenado»), desde el año 1603 al 1868, cuando el Shogunato Tokugawa impuso una política de aislamiento para consolidar su autoridad bajo la excusa de preservar la identidad cultural japonesa. Tomó medidas como expulsar a los extranjeros, cerrar los puertos y prohibir el cristianismo, decretando que cualquiera que lo desafiara sería castigado con la muerte. Aunque al principio pudieron mantenerse, en el largo plazo el desarrollo tecnológico se estancó, y no fue hasta que se abrió al comercio global que Japón experimentó el crecimiento más acelerado de su historia (Itoh, 2000).
Otro caso es el del Bloque Soviético al intentar una autarquía cultural en el siglo XX, en el que se intentó crear una cultura aislada de la influencia de Occidente, lo que derivó en prohibir el jazz, el rock, el arte abstracto y la cibernética, considerada como pseudociencia burguesa. Esto se muestra muy bien en la película Tetris, lanzada en 2023, en la que se narra la historia real de la batalla legal y comercial por los derechos del videojuego a finales de los años 80.
La libertad de apropiarse es la libertad misma
Ante todo lo establecido aquí, es innegable que no hay civilización sin apropiación, puesto que el progreso humano es, por definición, un proceso de apropiación. ¿Qué sería de la humanidad si los individuos no se hubieran apropiado del fuego o la rueda?
La cultura funciona como cualquier otro bien en el mercado: florece donde hay libertad y se marchita donde hay prohibición. Por ello, defender la apropiación cultural es defender la propia libertad humana, esa que nos permite celebrar el mestizaje, la copia, la parodia y el homenaje, porque debemos entender que la cultura es un proceso de descubrimiento que ocurre cuando alguien, en cualquier rincón del mundo, decide que una idea es lo suficientemente valiosa como para hacerla parte de su vida.
Bibliografía
- Hayek, Friedrich. 1988. La Fatal Arrogancia. Titivillus.
- Lira, Miriam. 2026. El Economista. 28 de Marzo. Último acceso: 17 de Abril de 2026. https://www.eleconomista.com.mx/bistronomie/dia-taco-2026-origen-tacos-pastor-trompo-arabe-icono-chilango-20260328-806388.html
- Hayek, Friedrich. 1945. «The Use of Knowledge in Society.» American Economic Review XXXV (4): 19-30.
- Mises, Ludwig Von. 1927. Liberalismo. Deucalion.
- Itoh, Mayumi. 2000. Globalization of Japan. New York: St. Martin Press.
- Lynch, Alberto Benegas. 1995. Nacionalismo: Cultura de la Incultura. Instituto Universitario ESEADE.
